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El Perú es un país heterogéneo en muchos sentidos. La realidad geográfica lo divide en tres grandes regiones: costa, sierra y selva; pero, además, está dividido en 8 regiones naturales, cada una con diferente topografía, altitud, clima, flora, fauna y actividad humana. Este último factor es el que genera diversidad cultural y social a través del encuentro entre integrantes de diferentes zonas del país, cuya realidad e identidad son tan variables, que llegan a parecer ajenas desde la perspectiva de muchos peruanos.


Hace unos meses viajé a Padre Cocha, una pequeña comunidad ubicada a media hora de la ciudad de Iquitos. Para llegar fue necesario tomar un bote en el puerto de Nanay y navegar por un extenso río, afluente del río Amazonas.
Avanzando bajo un cielo impecable, aprendí que la dinámica de la vida en la selva depende del río. Éste aumenta su caudal con las lluvias estacionales cambiando el paisaje, el transporte, la vivienda, el comercio y, por ende, la forma de vida de las personas. El hecho de que el río crezca es reconocido por los habitantes como parte del ciclo de vida en su ecosistema, lo aceptan y se han adaptado a ello de formas creativas y sostenibles en el tiempo.


Empecé a conocer Padre Cocha caminando sin guía ni mapas. La comunidad está asentada en una loma, insertada en una fracción de selva. Es actualmente un pueblo pequeño con 4 calles importantes, una gran explanada como plaza principal y casas de configuración simple y similares entre sí.


Sin embargo, no siempre fue así. Los primeros pobladores fueron los cocamas, una tribu aborigen perseguida y marginada hace muchos años, de los que quedan viviendo allí sólo dos familias descendientes directas de los fundadores; por lo que sus tradiciones se han ido perdiendo con el tiempo. Esta historia la conocí por Elías, jefe de familia y bisnieto de uno de los primeros pobladores, que aprendió castellano a los 45 años para poder enseñar la lengua kukama a las nuevas generaciones; y quien se sentó conmigo, admirando el paisaje, para hablarme con orgullo sobre sus raíces.
La vida transcurre con mucha calma en medio de la inmensidad de la selva, particularmente en esta comunidad. Cerca de las 5 de la mañana, los gallos hacen de despertador, y algunas personas salen de casa a pescar, cosechar y trabajar en sus botes, en los que se mueven hacia la ciudad en busca de oportunidades. Yo caminaba desde muy temprano por calles que se adaptaron a la geografía accidentada del lugar, notando que el comercio del día a día, era la actividad económica más importante de los habitantes de Padre Cocha. La rutina consiste en abrir las ventanas de las casas y colocar una mesa de madera en el frente con productos que cambian a diario: pescado fresco, fruta, golosinas, bebidas o pan. Venden también hielo y helados para sobrellevar el calor tropical, las pocas viviendas que cuentan con refrigerador, colocan letreros en las fachadas, que, junto a sus hamacas, son la manera de comunicar las ventas del día y compartir la jornada con familiares y vecinos.


Las altas temperaturas del medio día, son la principal causa de las calles vacías y silenciosas a esa hora. El sol incesante y agotador da lugar a almuerzos en familia cobijados en la sombra de sus hogares, a excepción de los domingos, cuando todos salen hacia la plaza para vender y comprar comida típica, las calles huelen a leña y los niños juegan libremente en los alrededores.


El cantar de los grillos se imponía llegada la noche. En mis primeros días no salía por el inevitable temor a lo desconocido, que se acrecienta cuando la oscuridad plena baña los caminos. Sin embargo, hacia la mitad de mi estadía, empecé a sentirme parte de la comunidad, y con ello surgió la confianza en estos caminos, que ya no parecían tan oscuros, por el contrario, se veían como una oportunidad única de ver las estrellas como nunca se pueden ver en la ciudad.


No todas las noches son silenciosas, si hay algo que es también parte del pueblo, son las fiestas y la música a volumen alto, que invade la tranquilidad de la selva majestuosa y virgen. Los días calmados, en contraste con las noches agitadas de celebración que parecen interminables, conforman la identidad de esta comunidad, junto con la energía de su gente y sus paisajes memorables.


Llegué a Padre Cocha a trabajar en un centro de rescate de animales silvestres, a nutrirme de experiencias, motivada por el deseo de contribuir con la Amazonía. Estuve 35 días rodeada de naturaleza y personas provenientes de una realidad diferente a la mía, tiempo que sirvió para darme cuenta de la falta de aprecio hacia lo diferente y la ceguera sociocultural en la que vivimos, a pesar de compartir el mismo territorio.
Podría afirmar que es una situación que ocurre en muchas partes del mundo, y que la única manera de acortar las diferencias es conocer eso que nos parece ajeno, darle una oportunidad al otro de expresar su propia identidad y aprender de la diversidad.


Gracias, selva.